¿Qué nos aleja de nuestra esencia?
Hoy quiero hacerte una pregunta muy sencilla, pero creo que no es fácil responderla.
¿En qué momento dejaste de ser tú?
No me refiero a que hayas cambiado con los años, porque todos cambiamos. Me refiero a algo más profundo.
¿En qué momento empezaste a vivir más pendiente de lo que esperaban los demás que de lo que realmente sentías? ¿Cuándo empezaste a decir “sí” cuando querías decir “no”? ¿Cuándo comenzaste a creer que tenías que demostrar constantemente que eras suficiente?
Es curioso, porque cuando somos niños no necesitamos pensar quiénes somos. Simplemente lo somos. Reímos cuando tenemos ganas de reír, lloramos cuando algo nos duele, preguntamos sin miedo a parecer ignorantes y soñamos sin preocuparnos demasiado por el resultado. No vivimos intentando impresionar a nadie. Vivimos siendo nosotros mismos.
Sin embargo, a medida que crecemos, algo cambia. Poco a poco empezamos a recibir mensajes sobre cómo deberíamos comportarnos, qué significa tener éxito, cómo deberíamos ser para gustar más o para sentirnos aceptados. Casi sin darnos cuenta vamos construyendo una versión de nosotros mismos que intenta adaptarse al mundo. Y lo hacemos con la mejor intención, porque todos necesitamos sentirnos queridos y pertenecer a algún lugar.
ESCUCHAR NUESTRA ESENCIA
El problema aparece cuando esa versión empieza a ocupar tanto espacio que dejamos de escuchar nuestra propia voz.
La filosofía taoísta habla de algo que siempre me ha parecido muy hermoso. Dice que nuestra esencia nunca desaparece. No se rompe, no se pierde y nadie puede quitárnosla. Lo que ocurre es que va quedando cubierta por capas. Capas de miedo, de expectativas, de necesidad de aprobación, de prisas, de comparaciones o de experiencias que nos hicieron pensar que era más seguro protegernos que mostrarnos tal como somos.
Me gusta imaginarlo como un espejo. Un espejo tiene la capacidad de reflejar con claridad, pero si cada día cae un poco de polvo sobre él, llega un momento en que deja de reflejar la imagen. El espejo no ha perdido su naturaleza. Sigue siendo el mismo. Lo único que necesita es que alguien retire el polvo que lo cubre.
Creo que con nosotros sucede algo parecido. Muchas veces pensamos que tenemos que convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos, aprender más, hacer más, demostrar más. Y, sin embargo, el Tao propone una idea completamente distinta. Nos dice que quizá el camino no consiste en añadir, sino en soltar. Soltar aquello que ya no somos. Soltar el miedo a decepcionar, la necesidad de controlar, la comparación constante o esa sensación de que siempre nos falta algo para ser suficientes.
Hay una frase del Tao Te Ching que siempre me acompaña. Dice que, mientras quien busca conocimiento añade algo cada día, quien sigue el Tao deja algo cada día. La primera vez que la leí no la entendí. Hoy creo que habla precisamente de esto. Tal vez la paz no llegue cuando consigamos ser alguien diferente, sino cuando dejemos de cargar con todo aquello que nos aleja de nuestra naturaleza.
Hace muchos años escuché una historia que nunca he olvidado. Cuenta que un escultor estaba trabajando un enorme bloque de jade. Alguien se acercó y le preguntó cómo era capaz de crear una figura tan hermosa. El escultor sonrió y respondió: “Yo no la creo. La figura ya estaba dentro de la piedra. Mi trabajo consiste únicamente en retirar todo lo que sobra.”
Cada vez que recuerdo esa historia pienso que quizá nuestro camino sea muy parecido. Tal vez no hemos venido a convertirnos en otra persona. Tal vez hemos venido a retirar, poco a poco, todo aquello que nos impide reconocer quiénes somos de verdad.
Y me gustaría despedirme dejándote una pregunta, porque creo que las buenas preguntas tienen la capacidad de acompañarnos durante mucho tiempo.
Si hoy pudieras quitar una sola capa de todas las que has ido construyendo a lo largo de tu vida… ¿cuál sería?
Quizá ahí, justo debajo de ella, siga esperándote la persona que nunca dejaste de ser.
-Zayki-
